Don Diego del Corro  
         
  Un sanluqueño en América    
  Santiago Pérez del Prado    
 

 

Diego del Corro y Santiago nació en Sanlúcar de Barrameda el 19 de septiembre de 1707 en una casa-bodega que tenían sus padres, donde actualmente se encuentra la Caja de Ahorros de Ronda.

Su padre, militar, era de "familia conocida y de la primera nobleza", venida desde Aya-monte a Sanlúcar por 1640 a causa de las guerras con Portugal de la que aquélla era frontera.

Diego pasó su niñez en una Sanlúcar rural, de declive comercial, y de ambiente muy sacra-lizado. Un sacerdote cualquiera descubrió los indicios de vocación del joven, lo apartaría de los demás niños y de los peligros de la corrupción del siglo, criándolo en la piedad.

Fue enviado a Roma, donde tuvo el privilegio de estudiar en el Seminario jesuítico y en la Universidad de Redivivos. Vuelto a España obtuvo la licenciatura y doctorado de Teología en Sigüenza.

En 1728 la Catedral de Sevilla abría el pos-tiguillo de su coro a un Doctor que con veintidós años, ganó en concurso una media canon-gía. Allí polemizó con la intelectualidad religiosa, publicando su obra "Dissertatio Theologica-Critica..." (1739).

Tras trece años en Sevilla pasó al Virreinato del Perú como canónigo de la Catedral de Lima, pero debido a unos contratiempos tuvo que ejercer primero como cura de Taúca hasta que en 1749 ocupó la canongía.

El Rey Fernando VI lo presentó como Obispo de Popayan (Virreinato de Nueva Granada) a la Santa Sede que mediante Bula de Benedicto XIV (24-1-1752) ratificó el nombramiento.

D. Diego dejaba atrás una ciudad apacible, un cargo cómodo para marchar (1754) a una diócesis lejana con serias dificultades.

En el Obispado de Popayan

Al poco tiempo de llegar a Popayan (actualmente Colombia), Don Diego inició la visita pastoral por su Obispado. Conoció personalmente las gobernaciones de Popayan y Chocó, pero no la de Antioquia, pues como dice el propio sanluqueño pasaba por "una grave quiebra de salud... quedando fenecida dicha visita, sin embargo de lo acre y peligroso que son los caminos de todas estas provincias..."

A través de su visita vivió los problemas religiosos y humanos de sus habitantes, tratando de dar remedio más o menos adecuados, y sobre todo denunciando al Consejo de India:

—La indecencia de las Iglesias, la falta de elementos para la celebración, la pobreza de las fábricas, y el pauperismo de sus feligreses; todo ello como consecuencia de la inobservancia de las leyes por parte de los encomenderos, oficiales reales y, de los propios Obispos.

—Los abusos cometidos contra los negros a los que se les hacía trabajar en las minas durante los días de fiestas, contraviniendo las leyes reales y papales.

—El mal estado de los indios del Chocó: que no confesaban ni en peligro de muerte, eran irreverentes en las Misas a causa de no estar su adoctrinamiento bajo la dirección de los curas, sino de los corregidores que los tenían siempre trabajando, pues dice don Diego al confesor del Rey: "no tengo medios para sujetarlos a la instrucción y enseñanza... y las justicias del Chocó todas son interesadas, que logran sus ganancias y utilidades en que las cosas se mantengan como siempre han estado..."

El sanluqueño, bien informado (para ello alentó a los curas a que aprendieran los idiomas indios), con sus escritos, órdenes, y denuncias puso en más de un aprieto al Consejo de India y demás gobernantes de las Colonias. Por conflictos jurisdiccionales pleiteó con el Virrey y con el Arzobispo, consiguiendo ganar los litigios.

Del Corro fue depurando a su diócesis de clérigos poco ejemplares: depuso a un vicario por su genio enconado y rigor excesivo con sus feligreses; suspendió a un cura por su desobediencia y proceder violento; a otro por inquietar a las mujeres de su feligresía, vivir en distintos concubinatos, revelar secretos de confesión y ostentar lujo. Además dio pruebas al Rey de los negocios fraudulentos de ciertos eclesiásticos que escudados en cierta ley se apoderaban de tierras y minas.

Del Corro, Arzobispo de Lima

(1758-1761)

En abril de 1758 D. Diego del Corro por Real Cédula (7-XII-57) fue nombrado Arzobispo de Lima. Con gran sorpresa escribía lo siguiente a las autoridades metropolitanas: "Aunque es cierto que yo solicitaba al mudar del temperamento de este pais, aunque fuera al igual silla principal, por los pleitos y recursos de que menester continuamente estar siguiendo en este Obispado, y para mi es un silicio el haber de estar peleando como se hace preciso en algunas partes, para conservar la justicia, y la razón. Pero..., con su favor me ha destinado a lo mejor de este reino y a Pais a donde llevo adelantado el conocimiento de las gentes, que por lo común me tienen inclinación, y así me parece podré sosegar los recursos, y disensiones que ha habido en lo pasado, y dar menos que hacer en dicha corte".

Aprovechó las solemnidades celebradas con motivo de la conclusión de la Catedral limeña para poner paz entre el arzobispado y el Virrey. Inició su gobierno espiritual con una misión y procesión por las calles e Iglesias de Lima, ayudado por los jesuítas.

Terminados estos actos comenzó a visitar su nueva diócesis, muriendo en el pueblo de San Jerónimo de Jauja el 5 de enero de 1761. Tenía cincuenta y cinco años cuando terminó su brevísimo gobierno en el Perú. Fue enterrado en la cripta de la Catedral de Lima. Años después se publicó su Carta Pastoral (1759) y sus Sermones (1761).

A modo de conclusión y juicio transcribi-mbs una Carta (10-11-1 761) del entonces Virrey del Perú, Conde de Superunda, al Ministro de India sobre la figura de D. Diego del Corro:

"La pérdida que ha hecho a su diócesis es grande y lo explica mejor el dolor universal de los fieles que la lloran. Quedan sus bienes muy adeudados por las cuantiosas limosnas que distribuía. El celo de restablecer la disciplina de la Iglesia fue fervorosísimo. Predicó en la Catedral y en todas las Parroquias, donde explicaba la Doctrina Cristiana, alentando así a los Párrocos a seguir su ejemplo... Nada mandó a sus eclesiásticos que no se ejecutase, porque era el primero que obedecía. En la única Provisión que arregló de curatos vacantes presentó a los curas antiguos y beneméritos sin colocar algunos de sus familiares; actuó con extrema formalidad en los exámenes para órdenes y beneficios sin admitir al gremio clerical menos apto. Corrigió con inflexible entereza a los delincuentes, evitando los escándalos y al mismo tiempo trató con suavidad a los reos, manifestando que perseguía los delitos no las personas...

Reformó varios abusos en el régimen de los monasterios y manejo de sus rentas... Emprendió últimamente este Prelado la visita a toda la diócesis con la protesta de no volver a su sede sin tener personalmente reconocida todas las provincias de la Sierra que ha muchos años que no ven la cara a su Pastor y más de 30 años que no se les administra el Sacramento de la Confirmación, y exhortado de los médicos y de personal de su confianza a que fuese más despacio, dividiendo por años y en partes la visita, por lo que arriesgaba su vida, habiendo padecido ramo de parálisis en el Obispado de Popayan, se mantuvo inamovible en su dictamen, repitiendo que sería dichoso si muriese en su oficio visitando como murió Santo Toribio de quien era tierno devoto y se lo había puesto por modelo..."